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Raphaëlla Riboud: pijama de domingo

marzo 15, 2015

Y de lunes y de jueves. De noche pero también de día, porque los pijamas de la francesa Rafaëlla Riboud son tan molones que sería una lástima reservarlos solo para dormir. 

Raphaëlla Riboud
Raphaëlla Riboud con uno de sus ya célebres pijamas. 

La que fuera editora en el Vogue inglés y en Tatler (para pasar después por Ralph Lauren y Dior, rematando un currículum de exhibición) fundó su firma hace solo tres años. Ahora ya es toda una conocida -no solo entre el mundillo- y vende sus piezas desde hace un par de temporadas en Net-a-porter.

Pijama Raphaëlla Riboud

Sus pijamas de algodón, de inspiración masculina, con tiras de encaje que los recorren de arriba abajo, son todo lo que necesito para terminar esta semana. 

Pijama Raphaëlla Riboud

Pijama Raphaëlla Riboud
   

Guantes largos: Amal tenía razón

marzo 09, 2015

Si Miuccia Prada y Jeremy Scott coinciden en alguna de sus propuestas, primero -e inevitablemente- pensamos en el fin del mundo (tal y como lo conocemos), pero después pasamos a sopesar si esa similitud será la próxima tendencia de moda, llamada a llenar páginas y páginas en las revistas que vendrán. 

Guantes largos: Prada y Moschino
Prada y Moschino: busque el elemento común. 

Si a ellos se les suma el niño de moda, Peter Copping (además, en el que ha sido su primer desfile para Oscar de la Renta), Marc Jacobs o Christopher Kane, parece que la respuesta es indudablemente sí: el accesorio en cuestión dará que hablar. 

Guantes largos: Marc Jacobs, Oscar de la Renta, Christopher Kane
Guantes largos también en Marc Jacobs, Oscar de la Renta y Christopher Kane. 

Y ahora es cuando Amal Alamuddin se ríe, tras haber sido foco de bromas y memes hasta varios días después de su estreno en los Globos de Oro. Ella pugnó por rescatar el glamour del viejo Hollywood en su primera aparición en la alfombra roja como señora de Clooney, hace ahora dos meses, y nadie la comprendió. 

Guantes largos: Amal Alamuddin
Amal Clooney (de soltera Alamuddin), con su Dior negro y sus guantes blancos. 

¿Sería ella la musa que ha inspirado a diseñadores tan dispares? Podría ser, pero como cualquier tendencia nunca viene sola, lo más probable es que se trate de un mix de elementos agitados en una coctelera. 

Guantes largos: Dakota Johnson Met 2014, de Jason Wu
Dakota Johnson en la gala del Met del 2014, una de las mejor vestidas de la noche, de Jason Wu. 

Sigamos sumando inputs: Sarah Jessica Parker y Dakota Johnson ya los lucieron (con más acierto, todo hay que decirlo) en la última gala del Met y Lady Gaga, en rojo, en los Oscar. También conviene recordar que la Lady Mary de Downton Abbey acaba de entrar en el apogeo de los Felices Años Veinte y se pasea, día sí, día también, con guantes como complemento perfecto a su nuevo pelo garçon. 

Guantes largos: Lady Mary Downton Abbey
Lady Mary ha convertido ya los guantes largos en complemento imprescindible de su corte garçon. 

Aunque no parece que los diseñadores hayan tenido que viajar tan atrás en el tiempo porque muchas de las propuestas (Peter Copping en Oscar de la Renta o Jeremy Scott en Moschino) beben más del final de los 80. O, directamente, de Pretty Woman (1990) que precisamente este mes cumple 25 años. 

Guantes largos: Pretty Woman
25 años después de Pretty Woman no hemos podido olvidar ese vestido rojo. 

Ahora bien, dejando al margen inspiraciones varias, ¿llegarán los guantes largos a nuestras vidas? Aunque en Boss Woman hayamos visto la versión más adaptable al día a día: en lana y completando looks casual, y de que Prada los convierta en objeto de deseo, lo cierto es que la salida más inmediata de esta tendencia es la que ya adelantaba Amal: la alfombra roja. Ahí sí, de momento para empezar y de manera inminente, los guantes largos amenazan con reclamar el puesto de honor del que una vez presumían. 

Guantes largos: Boss Woman por Jason Wu
Jason Wu para Boss Woman: en lana y para llevar a la oficina. 
  

Divagaciones e influencias en las calles de Milán

marzo 02, 2015


Llevo una cámara compacta de dos megapíxeles (sí, calidad profesional) que además, para más inri y para gritar aún más alto que es una cámara de juguete, es verde manzana.

Pero no me importa nada porque estoy en la puerta del desfile de Armani y me creo Scott Schuman, al que acabo de ver paseando a mi lado (¡qué bajito es, por cierto!) y casi me da un patatús porque se ha quedado mirándome no, no me ha hecho foto, seguramente porque no habrá mirado del todo bien.

El caso es que tampoco puedo darle muchas vueltas al asunto porque a escasos metros de mí Giorgio está enseñando al mundo sus propuestas. Cerca de mi camarita verde manzana, pero detrás de varios muros que no puedo cruzar porque no tengo invitación. Y qué más da, si estoy aquí. Y allí acaba de pasar Suzy Menkes, y por allí Anna Wintour y más al fondo Carine Roitfeld junto a Emmanuelle Alt (porque la primera todavía dirige Vogue Paris y aún se hablan).

Y el corazón se me sale de la emoción al ser testigo de todo.

Milan fashion week

De esto han pasado seis años. Nada más. Y nada menos. Y aunque he regresado muchas veces desde entonces a mi ciudad preferida, nunca había vuelto a coincidir con su semana de la moda. No desde que vivía aquí y era una estudiante que fantaseaba con ver algún desfile, aunque fuera por un agujerito.

Pero como decía, todo ha cambiado mucho en solo seis años. No solo porque ahora venga con invitación, a los desfiles y a ese club privado al que entonces solo aspiraba. O porque tenga a una maquilladora montando su set en mi habitación de hotel para ponerme guapa para la fiesta deesta noche (¡¡¡¿a mí?!!!). Más allá de mí misma y de que todo esto se me pueda subir a la cabeza (¿¿¡os he dicho que tengo a una maquilladora solo para mí!??), todo el fashion business se ha sacudido y se ha puesto del revés en este poco tiempo en el que yo pasé de curiosa observadora a pequeña parte del equipo. 

Milan fashion week

La revolución se siente en pequeños y grandes detalles. Por ejemplo, si hace seis años tu escalón en el graderío equivalía a tu puesto en la industria, ahora eso ya no es ciencia exacta. Ahora la importancia se mide en clics: ya sean clics en forma de flashazos o de followers y me gustas. Sigue siendo una cuestión de influencia, pero la que ahora nos ocupa es la digital. Y si no que se le pregunten a Chiara Ferragni, que de blogger ha pasado a autodenominarse digital influencer, de ser el último mono a la celebrity más buscada por obra y gracia de sus más de tres millones de seguidores en Instagram. 

Porque lo único que cuenta es influir y en esta tarea las revistas han perdido su maestría y monopolio. Así que las editors más avispadas se han dado cuenta que toca renovarse o morir, enseñanza que se saben al dedillo porque siempre la han predicado desde las páginas de las que eran dueñas y señoras. Ahora también buscan esa influencia digital de la que hace años renegaban y se lanzan a crear sus propias marcas (de sí mismas) que, si bien logradas, a la larga les serán mucho más rentables.

Milan fashion week

Por todo ello, en esta jungla darwiniana, el instinto por sobrevivir se traduce en una lucha por figurar y por dejar constancia de cada paso recorrido. ¿De qué sirve estar si nadie lo ve a través de una pantalla?

Tan antiguo como la vida misma: la evolución de la especie y el ‘solo los que se adaptan sobreviven’, que decía Darwin, que aquí se ejemplifica en un más es más y en un abanico de colores y mezclas en el que las estridencias no están fuera de lugar. Tampoco el pasearse de arriba abajo por la manzana hasta que ese fotógrafo despistado (¿¡pero qué se cree!?) termine de fijarse en la mujer en sandalias. Todo sirve si se trata de resistir y salir en la foto. Porque una imagen capturada por alguno de los freelance de las grandes agencias puede significar que tu cara (y tu modelito de marca X e Y) acabe en una revista de Thailandia o en una web de Texas. Y eso se traduce en influencia... y en consecuencia, en colaboraciones con firmas y sucuentos ingresos.

Todo vale. También comportamientos que a cualquier mortal ajeno al ecosistema le parezcan una locura, como el bajarse del coche a una distancia prudencial que permita un paseíllo suficientemente cautivador para atraer a los fotógrafos.

Aunque ojo, que para todo hay unos códigos y unos usos a seguir: uno tampoco puede quedarse demasiado lejos, ¡no vaya a ser que alguien piense que se llega desde la parada del bus! Y es que aquí el uniforme oficial no son las sandalias de Aquazzura o las Stan Smith, no. Lo que más se lleva en la semana de la moda son los Mercedes negros de cristales tintados que bloquean la ciudad y transportan fashion editors de desfile en desfile. Son imprescindibles y muy comunes. No tanto los taxis, que desaparecen y se convierten en un bien de lujo. Aunque coches de cristales tintados tampoco hay suficientes (hay demasiada editor suelta) y como suelen hacer falta más hay que traerlos cada seis meses desde Suiza, que allí tienen superávit. 

Milan fashion week

Cuando en cualquier calle se empiezan a juntar varios de estos vehículos sabes que hay una cita con la moda. Y lo más emocionante es que puede suceder en los rincones más insospechados de la ciudad: de Corso Buenos Aires a Porta Nuova, del Naviglio a la Via della Spiga. Porque Milán vive la moda en cada rincón. Insiders o simple observadores, todos se apuntan a ese más es más y a una bendita ostentosidad que celebra la pasión por la industria textil. No hay pudor y tampoco falsa modestia; aquí nadie se ofende si se le pregunta ‘simplemente’ por lo que lleva, porque todos saben que esos trapitos mueven el país.

Se celebra la moda. Y punto. Y a mí esta emoción me reconcilia y me recuerda lo mucho que me gusta lo que hago, este trabajo que me permite estar cerca de un mundo que hace solo seis años veía desde la barrera. Qué lujo ser testigo, desde un lado y desde otro...
 
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